LA BATALLA DE ALESIA
La Batalla de Alesia: cuando César cercó a los que lo cercaban
Corría el año 52 antes de Cristo, y la Galia hervía más que una olla de estofado romano. Julio César, ese general que escribía sus propias victorias con una modestia sospechosa (“vino, vio, venció… y publicó”), llevaba años conquistando tribu tras tribu. Pero un día apareció un jefe galo con nombre de trabalenguas y carisma de estrella de rock: Vercingétorix, el orgullo de los arvernos.
El tipo tenía melena, capa, y una mirada que decía: “Hoy la Galia se respeta”. En poco tiempo consiguió unir a un montón de tribus galas que normalmente se peleaban hasta por quién tenía el mejor menhir. Y juntos le plantaron cara a Roma.
César, por su parte, estaba un poco cansado. No solo tenía que luchar con los galos, sino también con los políticos de Roma, que lo querían de vuelta y sin ejército. Pero él, testarudo como pocos, decidió que antes de volver iba a dejar su marca. Y esa marca se llamó Alesia.
Y vaya si los encerró. Ordenó construir una muralla alrededor de Alesia. Pero no cualquier muralla: más de 15 kilómetros de fortificaciones con fosos, empalizadas, trampas, torres y todo tipo de trampas. Los galos dentro se quedaron boquiabiertos.
Ah, los refuerzos. Llegaron, sí, pero cuando vieron la genialidad romana, se llevaron las manos a la cabeza. Porque César, precavido, había hecho una segunda muralla por fuera, para defenderse de los que venían a rescatar a los que estaban atrapados. Así que, en resumen:
Vercingétorix estaba dentro de Alesia.
César estaba en medio, con su ejército.
Y los refuerzos galos estaban fuera.
¡Un triple sándwich militar!
Los días pasaban, la comida escaseaba, y el ambiente dentro de Alesia se ponía tenso. Los galos, desesperados, intentaron enviar a los ancianos, mujeres y niños fuera de la ciudad para que los romanos los dejaran pasar. César, frío como un bloque de mármol, ordenó no abrir las líneas. Los pobres quedaron atrapados entre ambos bandos. Fue un capítulo oscuro… pero la guerra no se detuvo.
El momento decisivo llegó cuando los galos casi lograron romper la muralla exterior. César, montado en su caballo blanco, se puso al frente de sus tropas y contraatacó. La escena fue tan épica que seguro él mismo pensó: Esto lo tengo que escribir en mi libro.
Así terminó la batalla de Alesia, con la Galia sometida y César convertido en el héroe de Roma (aunque el Senado no opinaba lo mismo). Vercingétorix acabaría preso y ejecutado años después, pero su nombre viviría siglos como símbolo de la resistencia gala.
Y César, fiel a su costumbre, lo resumió todo con elegancia literaria:
“Vercingétorix se rindió, y la Galia fue pacificada.”
Traducción libre:
“Hice otra obra maestra, y ya tengo material para el próximo capítulo de De Bello Gallico.”


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